Cybersyn, el sueño humano-máquina de una sociedad más justa
El ambicioso proyecto de cibernética del Gobierno chileno de Salvador Allende no llegó a ver la luz, pero dejó lecciones que todavía resuenan y podrían ser útiles para imaginar otras formas de trabajar con la tecnología.

Laís Martins
AGO 18, 2026 • 6 min

En ediciones pasadas hablamos de Cybersyn, el proyecto de “Internet socialista” de Salvador Allende. Muchos de ustedes nos dijeron que no conocían esta historia o solo la conocían de paso; otros nos pidieron más detalles. Así que la entrega de hoy trata sobre este proyecto utópico chileno, lo que representaba … y lo que podría haber sido.
Aunque llevo varios años escribiendo sobre tecnología, no conocí el caso hasta 2023, cuando escuché el podcast The Santiago Boys, del investigador y escritor bielorruso Evgeny Morozov. Pero ni siquiera entre los chilenos es algo de dominio público. Mi colega, la excelente periodista Francisca Skoknic, de La Bot, me dijo que se empezó a hablar de CyberSyn hacia el 2003, tres décadas después del golpe que derrocó a Allende e instauró la dictadura militar en Chile.
Por aquel año se publicó una entrevista con la investigadora Eden Medina, profesora de Ciencia, Tecnología y Sociedad en el Instituto Tecnológico de Massachusetts, Estados Unidos. Medina es autora del libro Revolucionarios cibernéticos: tecnología y política en el Chile de Allende. “Me dejó alucinada que se pudiera haber concebido algo así durante la Unidad Popular. Tanto la tecnología como el diseño parecían extremadamente futuristas para la época”, me dijo Francisca.
Para explicar por qué Cybersyn fue tan pionero, es importante situarlo en su contexto. Era la década de 1970 y el mundo estaba polarizado en plena Guerra Fría entre Estados Unidos y la Unión Soviética. En América Latina, varios países, desde Paraguay hasta Brasil y, poco después, Argentina, se encontraban bajo dictaduras militares. A diferencia de sus vecinos, Chile había elegido a un socialista: Salvador Allende.
Allende defendía un proyecto de poder socialista, pero por vías democráticas mediante una reforma constitucional. Enfocado en mejorar la vida del pueblo chileno, sabía que la prioridad era la economía. Y para ello, uno de los primeros pasos sería transferir la propiedad de las empresas de manos de extranjeros y oligarcas al Estado chileno.
Sin embargo, esta concentración en manos del Estado planteó un problema de gestión debido a la cantidad de datos, información y decisiones necesarias. Fue entonces cuando el miembro más joven del gabinete de ministros, Fernando Flores, decidió ponerse en contacto con un científico cibernético británico, Stafford Beer. En esa época, la definición más aceptada de cibernética —que Medina utiliza en su libro— consistía en el estudio de “control y comunicación en los animales y las máquinas”.
Beer era uno de los principales exponentes de la cibernética y, a partir de sus conocimientos sobre el sistema nervioso humano, propuso una forma de gestión que permitiría a las empresas adaptarse rápidamente a entornos cambiantes. A un océano de distancia, un joven ministro de Hacienda lo leía. Así, Flores invitó a Beer a poner a prueba su teoría en la práctica, pero no a escala de una empresa, sino de un país.
Teniendo en cuenta el mundo actual, la tecnología en la que se basaba Cybersyn no era nada del otro mundo. Básicamente, Beer y Flores disponían de un ordenador y cientos de mensajes de télex, un sistema telegráfico de comunicación de textos que funcionaba con una red de terminales que se comunicaban entre sí.
Con esto, la idea era desarrollar un software que centralizara la información sobre las industrias, la economía y los informes financieros en un único lugar para permitir que el Gobierno priorizara y centrara sus esfuerzos donde fuera más necesario. Para Flores, Beer y el equipo que formaron —los “Santiago Boys”, como los bautizó Morozov—, una parte esencial del funcionamiento era la interacción entre el ser humano y la máquina.
Esto se materializó en la sala de control, la imagen icónica que acabaría convirtiéndose en la representación visual más conocida de Cybersyn. “La sala de operaciones no debe concebirse como una sala que contiene piezas interesantes de equipamiento, sino como una máquina de control en la que los hombres y los artefactos mantienen una relación simbiótica”, escribió Beer. La cuestión no era que la máquina decidiera por las personas, sino que las personas pudieran tomar decisiones con la ayuda de la máquina.
El Cybersyn, en su máxima potencia, nunca llegó a ver la luz, pero su prototipo superó una prueba de fuego: en octubre de 1972, los camioneros de todo Chile convocaron una huelga que sumió al país en el caos. El Gobierno recurrió a Cybersyn, utilizando las máquinas télex para distribuir mensajes rápidamente de norte a sur del país. Esa red les ayudó a dirigir recursos, como el combustible, hacia donde más se necesitaban y a supervisar los cortes de ruta.
El sistema había superado su primera prueba con éxito. Pero la situación política se estaba deteriorando. En agosto del año siguiente, una nueva huelga de camioneros desembocó en violencia y muertes. El Gobierno de Allende se veía cada vez más presionado y, en septiembre de 1973, el golpe militar puso fin al intento socialista chileno y al sueño de Cybersyn.
Más allá de un ideal truncado: las lecciones que nos dejó CiberSyn
Es difícil imaginar cómo habría sido todo si el golpe no se hubiera producido; si CyberSyn hubiera prosperado. Cuando le pregunté a mi colega Francisca cómo se imaginaba a Chile hoy si nada de eso hubiera ocurrido, se lo pensó un rato. Allende se enfocó en nacionalizar la economía y fortalecer el Estado como empresa, pero la idea de una economía centralizada, en opinión de Francisca, no sería viable en estos días y quizá nunca lo sea.
“Cybersyn solo tiene sentido en esa economía. Creo que parte de su valor es la conciencia de la necesidad de una coordinación eficiente para que el modelo funcione. Es una idea bastante lúcida en un momento en el que las intervenciones del Estado en las empresas privadas se guiaban por mucho idealismo y poco pragmatismo”, afirmó.
Pero el proyecto dejó lecciones que aún resuenan hoy en día —y que vendrían muy bien a ciertos gobiernos latinoamericanos, cof, cof—.
🌎 Soberanía tecnológica. En vez de desarrollar su propio software, adaptado a las necesidades de los responsables de la toma de decisiones, nuestros gobiernos han optado por el camino más fácil y han llegado a acuerdos con las big techs a precios muy elevados. En Brasil, por ejemplo, el Gobierno federal gastó 4.600 millones de reales (unos 880 mil dólares) entre junio de 2024 y junio de 2025 en licencias de software, soluciones en la nube, aplicaciones de seguridad y servicios similares de firmas extranjeras. Debemos tener presente que estas empresas no son neutrales desde el punto de vista geopolítico y, cada vez más, dejan en claro de qué lado están.
🤖 Nuestros datos. Los datos valen su peso en oro, y Allende y su equipo lo entendieron con el Cybersyn. Hoy, información crucial sobre nuestros países, sus ciudadanos y sus recursos se aloja en servidores de empresas estadounidenses, como es el caso de Argentina, donde el Ministerio de Defensa tiene un acuerdo de colaboración con Microsoft.
El año pasado entrevisté a Oscar D’Alva, un investigador brasileño que es estadístico en el IBGE, el instituto encargado de realizar nuestro censo y estudios sobre población. Acababa de defender su tesis doctoral sobre cómo las big techs están acaparando el ámbito estadístico.
Su tesis es que la introducción de nuevos métodos y fuentes de datos proporcionados por estas empresas bajo el paraguas del concepto de “big data” está provocando un choque entre ámbitos que ven el dato desde perspectivas y lógicas distintas. “Para un campo, esto es un bien público; para el otro, es una mercancía” (esta teoría le valió uno de los premios más prestigiosos de su área, pero lo rechazó porque la conferencia era patrocinada por Microsoft).
💭 Capacidad de imaginación. Quizá lo más valioso que Cybersyn puede ofrecer es la demostración de cómo imaginar distintas formas de trabajar con la tecnología. Hace 50 años, con muchos menos recursos que los que hoy existen, los “Santiago Boys” idearon una forma innovadora, ambiciosa y provocadora de utilizar la tecnología en favor de una sociedad más justa. Me parece que ahora, incluso el mero ejercicio de imaginar resulta difícil, ya que nuestra creatividad, entre muchas otras cosas, ha sido capturada por esa industria tecnológica monopolista.
¿Creés que un sistema como Cybersyn sería posible hoy en Sudamérica? Envianos tu respuesta a este correo; nos encantaría leerte. 🤔

Laís Martins
São Paulo 🇧🇷
Periodista de investigación brasileña especializada en tecnología y sus intersecciones con la política y los derechos humanos. Residente 2026 de El Surti, fellow del Pulitzer Center AI Accountability Network y reportera en Intercept Brasil.