Coronavirus

Cómo hacer el duelo colectivo: lo que aprendimos del Ycuá Bolaños

Paraguay ya vivió y superó una emergencia psicológica por otra tragedia civil. ¿Qué podemos aprender de ella?

Reportaje Maxi Manzoni · Edición jazmín acuña · Ilustración robert báez & jazmín troche ·

Hace poco más de 15 años, la hasta entonces mayor tragedia civil del país –el incendio del supermercado Ycuá Bolaños– exigió creatividad, esfuerzo y compromiso de todo el sistema de salud, también precario como hoy. A la par se desarrolló una crisis menos narrada: una crisis de salud mental que afectó a familiares de víctimas y sobrevivientes por años. También una respuesta colectiva que es una historia de éxito contra todo pronóstico, la de psicólogas y psiquiatras que con vecinos y vecinas trabajadores, crearon una red comunitaria que contuvo el dolor y ayudó a sanar a barrios enteros.

Le pedimos a Carmen Rivarola que nos cuente la historia. Rivarola es psicóloga y se especializó en intervenciones de crisis y emergencias psicológicas luego del incendio del Ycuá Bolaños, donde se involucró como profesional y como familiar de dos personas fallecidas. Le preguntamos qué lecciones aprendidas se podrían aplicar ante el duelo colectivo en la pandemia.

¿Cómo fue la primera respuesta para atender a las familias víctimas del incendio del Ycuá Bolaños?

Esta especialidad la tuve luego de la tragedia del Ycuá Bolaños, donde me involucré como familiar de una persona fallecida y como profesional, junto con otros colegas, el área de Salud Mental del Ministerio de Salud y principalmente el trabajo del queridísimo y apreciado doctor Martín Moreno (†). 

La mayoría de los profesionales no teníamos idea del área de intervención en crisis, porque nosotros nunca lo habíamos vivido a nivel país. En los consultorios trabajábamos los duelos con personas que venían independientemente cuando se sentían sumamente depresivas o con duelos muy prolongados. Pero nunca vivimos, hasta ese entonces, una tragedia de tamaña magnitud como fue la del Ycuá Bolaños: una emergencia psicológica.

Éramos tantos colegas quienes estábamos en esos primeros días que veníamos de diferentes áreas, y no había trabajo articulado, cada uno hacía lo que podía desde donde podía. Intervino la unidad de Salud Mental del Ministerio, con su directora, y unos 30 a 40 psicólogos y psiquiatras. Pero con el deseo de ayudar, lo que sucedía era que varios profesionales iban a un solo lugar, lo cual hacía que la gente ya los rechace. O iban a un montón de casas donde las personas estaban sumidas en un caos mental y en todo ese proceso de duelo, sin poder entender o reaccionar todavía. Allí aparece el Dr. Martín Moreno. Con él y con la directora de Salud Mental nos convocamos y tratamos de ver lo que podíamos hacer para trabajar de manera adecuada y consistente. Logramos traer a un gran profesional argentino para trabajar en este tipo de intervenciones psicológicas que es el licenciado Alfredo Moffatt.

¿Cómo evolucionó la respuesta a la emergencia psicológica luego de esa primera situación?

Lo que hicimos fue tratar de recabar –a través de diferentes organismos del Estado y los comités de iglesias– la cantidad de personas que habían fallecido y de qué lugar eran esas personas. Una vez que tuvimos un mapa de dónde teníamos la mayor cantidad de familias, es ahí cuando el doctor Martín Moreno dice: «vamos a armar una red comunitaria». Porque con la cantidad de psicólogos y psiquiatras que estábamos tampoco teníamos la capacidad de llegar a tantos seres humanos que necesitaban esa contención primaria para, a partir de allí, avanzar en un proceso terapéutico.

Cada psicólogo identificó su zona. Una brigada de dos o tres psicólogos teníamos a nuestro cargo una zona determinada. Cada psicólogo en su zona convocaba a aquellos vecinos que no tenían ningún familiar fallecido y trabajábamos con ellos para que sean las personas que puedan estar monitoreando a quienes tenían familiares fallecidos o desaparecidos.

Su función era: ir a la casa, ver cómo estaban, ver si necesitaban algo, si no contestaban las llamadas telefónicas. A ellos les abrían las puertas. Entonces ellos nos avisaban y nosotros íbamos a las casas a ver qué estaba pasando con esa persona, o esas personas, porque había casos en las que habían cinco o seis personas con fallecidos en una misma familia. Las familias estaban en una etapa que nosotros llamamos de regresión absoluta. Fue sumamente interesante, porque logramos llegar a todas las personas, logramos saber qué les pasaba. 

¿Qué es lo primero que se debe hacer con una persona que perdió a un ser querido?

Como primer paso lo que se debe hacer es la contención. Lo que Alfredo Moffat decía es que la contención se tiene que hacer lo más rápido posible. Si logramos contener a un ser humano en los primeros días cuando tuvo un evento disruptivo, cuando se rompe el equilibrio, cuando aparece algo que rompe su rutina, automáticamente se debe contener a ese ser humano para evitar que a la larga tenga un shock por estrés post-traumático. Nosotros así revertimos, en cinco años, las perspectivas que profesionales del exterior nos habían dado sobre las consecuencias en salud mental o víctimas de suicidio por la cantidad de personas fallecidas y familiares sobrevivientes con lesiones graves o leves del Ycuá Bolaños. Esa red comunitaria que logramos tejer a través del amor, de la contención, de lograr actividades para que ellos vayan de a poco volviendo a reincorporarse a la vida.

¿Qué aprendizajes dejó la red de contención?

Algo que aprendimos es que no es que debemos esperar que la persona afectada por una tragedia, por un evento traumático, vaya a un consultorio a pedir atención médica. En estas crisis, al igual que como la pandemia, quien perdió a uno o varios familiares sin siquiera poder despedirlos, lo que genera mucho dolor, ira, no va a ir buscar un psicólogo. El psicólogo tiene que ir a buscarle.

La pandemia y la cantidad de fallecidos está a nivel país. Es más complejo tratar de tejer una red comunitaria como la que creamos con el Ycuá Bolaños. En Ineram una puede encontrar cuarenta pacientes en terapia intensiva. Afuera del Ineram, encontramos a familiares de estos pacientes. A lo mejor, entre ellos mismos se ayudan, que es lo que vemos. Allí tendría que intervenir un psicólogo para estar trabajando con estas familias.

¿Cuáles son los desafíos particulares de la intervención en crisis con la pandemia?

Tenemos muchas limitaciones. Primero porque en la intervención en crisis la contención se da a través del abrazo. Esa técnica se llama maternaje. Desde el momento que podemos tocar, abrazar a ese ser humano, le volvemos a dar corporalidad. Una persona en duelo siente una despersonalización por vivir una situación tan dolorosa como es la pérdida de un ser querido. Es como que sale de su cuerpo, se siente como que está volando. Cuando otro ser humano viene y te abraza es como que sentís que volvés a tu cuerpo.

La pandemia nos quitó tal posibilidad. Porque no podemos tener contacto físico con esa persona que está sufriendo. Tenemos que utilizar la mascarilla que nos cubre todo el rostro. Son dificultades para crear un vínculo efectivo y afectivo. Tenemos que adecuarnos ahora que estamos perdiendo miles de seres humanos. 

Aquellos familiares de los desaparecidos en el Ycuá Bolaños fueron quienes más sufrieron, porque no pudieron despedir a sus seres queridos. Ocurre lo mismo ahora, porque cuando muere un ser querido por covid, uno no puede acompañar ese proceso de despedida, no le podía tomar de la mano, escuchar sus últimas palabras. No se puede hacer ese rito tan importante que significa para nosotros que es el velatorio. Las veinticuatro horas en las cuales nos tomamos para despedirnos, llegar a términos con la idea de que esa persona físicamente no va a estar. El proceso de duelo de las personas que perdieron a alguien por covid será mucho más largo que alguien que haya perdido a un ser querido por causas naturales o previsibles.

En concreto, ¿qué podemos hacer con las personas afectadas por las muertes que deja esta pandemia?

Sé que desde el Ministerio de Salud hay varias ideas innovadoras. Sé que hay psicólogos que están yendo de manera voluntaria al Ineram, con todos los cuidados correspondientes, donde se acercan a los familiares, a hablar con ellos, les piden sus números y a partir de ahí se conectan con videollamadas, WhatsApp o Zoom.

Como son muchas personas, siempre es más importante si se puede trabajar en grupo, como lo hacíamos en el Ycuá. Pocas veces trabajábamos de manera individual. Al hacer grupal, la contención se vuelve importante entre personas que pasaron por situaciones similares. Por ejemplo, poníamos a todas las mamás juntas. Porque entre ellas mismas se contenían, porque entendían el dolor de la otra persona. Luego los poníamos a los papás juntos, porque los papás suelen reaccionar diferente al dolor. Tíos, primas, repetíamos la metodología. La idea era generar vínculos y contención  entre personas que sientan que el otro sí entiende el dolor que están viviendo. Ahí debemos solucionar el problema de acceso a Internet, porque ahora son personas con tantos gastos. Copaco puso conexión en el Ineram e IPS Ingavi por ejemplo. Igual no es suficiente.

Para mí la estrategia es que profesionales se acerquen a las personas, soliciten sus números y aunque sea por llamadas comunes lograr contener. No tenemos el abrazo, pero tenemos la palabra, que bien dicha, con el tono adecuado para que el otro sienta que nosotros entendemos el dolor. No podemos ponernos en su lugar, pero sí podemos trabajar algunas aristas para lograr que esa persona mínimamente se sienta reconfortada y protegida por otro ser humano. Y más que nada, es escuchar para que ese ser humano doliente o sufriente pueda expresar lo que siente. Cuando una persona cuenta lo que siente, hay que escuchar su llanto y sus palabras.

El maestro Alfredo Moffatt decía una analogía: cuando no sacamos afuera el dolor que sentimos es lo mismo que cuando tenemos catarro. Si no tosemos, llega un momento en que los pulmones se inflaman, la persona termina internada, con antibióticos y un proceso largo de recuperación para sacar ese catarro. Es lo mismo: si la persona no habla, no llora, no expresa lo que le duele, eso queda adentro y en algún momento hace implosión.