Soberanas

Dentro del albergue cristiano donde ninguna niña es demasiado joven para dar a luz

La Casa Rosa María, de Asunción, Paraguay, donde el aborto es ilegal, acoge a niñas desde los 10 años con embarazos no planificados y les "enseña a ser madres".

Reportaje Juliana Quintana · Edición Jazmín Acuña · Ilustración Naoko Okamoto & Jazmín Troche · Fotografía Nathaniel Janowitz ·

Gabriela tenía 17 años, estaba embarazada y sin opciones. En su ciudad natal, una zona rural de Paraguay, encontró a un médico local que se ofreció a hacerle un procedimiento clandestino por 3 millones de guaraníes, unos USD 400. Para una estudiante de último año de secundaria cuya familia no sabía que estaba embarazada en una de las naciones más pobres de América del Sur, eso era básicamente imposible. Gabriela ahorró su dinero y compró pastillas abortivas baratas en el mercado ilegal. Pero no funcionaron.

“El papá del bebé insistió en que mantuviera el embarazo en secreto”, dijo Gabriela. Por sugerencia de un pastor local, la enviaron a una instalación administrada por la iglesia a 2,7km de distancia en un suburbio de la capital, Asunción: la Casa Rosa María. Gabriela le dijo a su familia que iba a un “retiro espiritual”, pero en realidad continuó con su embarazo en ese refugio donde tendría a su bebé. Allí podía comer y vivir gratis hasta dar a luz.

La Casa Rosa María es parte de una red de varias docenas de hogares administrados por iglesias en todo Paraguay para niños, niñas y adolescentes. Pero su especialidad es acoger a niñas embarazadas, a menudo remitidas por las autoridades después de haber sido abusadas por familiares o personas cercanas a la familia, para luego facilitar el nacimiento del niño y capacitarlas para ser madres. Mientras Gabriela esperaba que naciera su bebé, le daban clases sobre cómo cambiar pañales, cocinar y otras habilidades necesarias para cuidar a bebés y niños pequeños.

Tres madres preadolescentes con sus hijos y uno de los miembros del personal de la Casa Rosa María, en la capilla del refugio. Foto: Nathaniel Janowitz para VICE World News.

En Paraguay, donde el aborto está prohibido excepto para salvar la vida de la madre, las personas a menudo enfrentan un dilema imposible: llevar a término el embarazo no deseado o enfrentar una posible pena de cárcel si logran abortar con éxito. El caso de Gabriela fue aún más complicado. Cuando quedó embarazada, se lo ocultó a su madre, avergonzada por el hecho de que el padre era un hombre mucho mayor que ya tenía esposa e hijos propios. 

“Incluso intenté suicidarme, quería abortar. Mi vida era un desastre en ese entonces”, dijo Gabriela, cuyo nombre fue cambiado para proteger su identidad. “Quería estudiar medicina, ya tenía todo pensado, dónde tenía que tomar el curso, cuánto costarían los libros”.

Gabriela, que ahora tiene 27 años, describió su infancia como “muy difícil” y dijo que fue abusada sexualmente cuando era niña por su padrastro. Nunca conoció a su propio padre, y cuando quedó embarazada temía que su madre se avergonzara. “Mi mamá también se quedó embarazada de nosotros [ella y sus hermanos] muy jóvenes y no quería que volviéramos a pasar por esa situación”, dijo.

Pero cuando llegó a la Casa Rosa María, se dio cuenta de que el suyo estaba lejos de ser el caso más difícil allí.

“Allí me encontré con la realidad de muchas más niñas que estaban en situaciones mucho peores que la mía”, dijo. “Había niñas de 12 o 13 años que ya estaban embarazadas por haber sido violadas que trajo la policía”.

Dijo que muchas no “sabían leer, muchas venían de muy lejos, no tenían la oportunidad de ir a la escuela”.

Agradecía las comidas y la relativa seguridad de la Casa Rosa María, pero no le gustaba perder su libertad. Confiscaban los teléfonos celulares y no les permitían comunicarse con personas de afuera, más allá de las visitas concertadas con las familias, dijo. No le gustaba que la mandaran, “que me digan que haga esto o que haga aquello”, como tareas, rezar en la capilla del lugar o ciertas lecciones.

Pero aún así, lo consideró una experiencia mayormente positiva, y ama mucho a su hijo, a quien continúa criando hoy. Estaba especialmente agradecida de que a través del refugio conoció a un profesor que la ayudó a obtener una beca parcial para asistir a la universidad después de que finalmente se graduara de la escuela secundaria.

La ropa de las niñas y adolescentes se secan en una calesita en la Casa Rosa María. Foto: Nathaniel Janowitz para VICE World News.

“Me dieron los medicamentos que tenía que tomar y me hicieron los [exámenes médicos]. Me ayudaron mucho en ese sentido… Allá te dan de todo: te dan comida, te dan ropa”, dijo Gabriela. “Había clases de cocina. La gente enseñó algunas materias para que puedan leer, escribir. Esas fueron las cosas buenas que vi, que nadie necesita nada. Recibieron todo el apoyo”.

El albergue Rosa María es una casa anodina de ladrillos blancos ubicada en un agradable suburbio residencial de Asunción. Después de repetidos intentos de llamar a la casa sin obtener respuesta, el responsable del albergue Oscar Ávila recibió a los reporteros de esta investigación. Ávila dio una breve entrevista y un recorrido por las áreas comunes de la casa, como la capilla, la cocina y el patio con una condición: hablar con las niñas estaba prohibido.

En los últimos 22 años, las jóvenes que pasaron por el albergue han dado a luz a más de 230 bebés, dijo Ávila. Él creía que al facilitar el parto de las jóvenes, estaba haciendo la obra de Dios, incluso si las madres eran niñas, algunas de las cuales quedaron embarazadas después de ser violadas por vecinos adultos y familiares.

“¿Por qué vas a matar al niño si no vas a matar al padre? El que hizo el lío, ese es el que debe morir”, dijo Ávila. Mientras hablaba, una niña pasó por delante de su pequeña oficina en el centro. Él la llamó, preguntándole su edad.

«13», respondió en voz baja. Él asintió y le dijo que podía continuar, aparentemente orgulloso de mostrar el trabajo que estaba haciendo.

La Casa Rosa María es apoyada por una parroquia local y donaciones, dijo Ávila, aunque se negó a entrar en más detalles además de decir: “Pertenecemos a una organización pro-vida que no es muy bien vista en el Nuevo Orden Mundial”.

En marzo de 2022, niñas de alrededor de 12 o 13 años deambulaban por el refugio con niños pequeños. El edificio estaba formado por algunas oficinas y una capilla donde eran enviadas a orar. Un patio estaba lleno de juguetes y cochecitos. El olor del almuerzo impregnaba el edificio cuando un par de adolescentes trabajaban en la cocina.

Si bien varias de las niñas están embarazadas de relaciones con niños de su misma edad, otras fueron traídas por el Estado después de que sus familias las abandonaron o las llevaron a la policía o al hospital en busca de ayuda. Muchas llegaron después de la intervención directa de las autoridades porque sus familiares eran los que las lastimaban y sus hogares ya no se consideraban seguros.

Las niñas mantuvieron la mirada baja, aparentemente nerviosas por la presencia de un extraño que escuchaba a Ávila explicar cómo ellas tienen una “capacidad maternal” intrínseca. Muchas solo se refieren a Ávila como “abuelo”. 

“Aunque tengan 10 o 12 años, las jóvenes que recibimos son las que más amor tienen por sus hijos”, dijo Ávila. Argumentó que el hecho de que las madres fueran todavía niñas hacía que la conexión entre la madre y el niño fuera aún más estrecha.

La casa apoya sus tratamientos médicos en un hospital local antes, durante y después del parto mientras aprenden a ser madres en la casa. Solo las dejan salir del refugio para las citas con el médico y la misa dominical en una iglesia cercana. Ávila no se preocupó por los efectos en la salud de las niñas que dan a luz. Afirmó que todos los niños sobrevivieron en los últimos 22 años, tanto las madres como sus bebés.

Oscar Ávila se para en el pasillo junto a un montón de juguetes para niños en el albergue Rosa María para madres preadolescentes. Foto: Nathaniel Janowitz, para VICE World News.

Paraguay es posiblemente el país más conservador y religioso de América del Sur. Las niñas y adolescentes que quedan embarazadas tienen pocas opciones más allá de dar a luz, ya sea que quieran ser madres o no. Las leyes de aborto draconianas, una resistencia cristiana movilizada a la educación sexual en las escuelas y el abuso generalizado han creado una epidemia de embarazo infantil. Con el aborto ilegal incluso en los casos más extremos de abuso, los refugios como la Casa Rosa María son una de las pocas opciones para niñas y adolescentes embarazadas.

En esta nación de solo 7 millones de habitantes, aproximadamente 12.000 niñas de entre 15 y 19 años dieron a luz en 2019, y 1.000 niñas de 14 años o menos dieron a luz entre 2019 y 2020, según Amnistía Internacional. Un promedio de dos niñas entre 10 y 14 años dan a luz todos los días y el 80 por ciento de los casos provienen de la unidad familiar, la segunda tasa más alta en América del Sur después de Venezuela.

Lucía, una segunda mujer que vivió en la Casa Rosa María cuando era adolescente y dio a luz a su hijo a los 18 años también contó en entrevista que las personas que administraban la casa la trataron bien. Tanto Gabriela como Lucía, que pasaron un tiempo en la casa, dijeron que no sufrieron abuso allí, ni vieron nada contra las otras niñas durante su tiempo allí.

Lucía, que tenía 18 años cuando dio a luz, recordó que la casa también brindaba “apoyo psicológico”. “Vinieron muchas psicólogas y eran dos o tres, las que siempre venían constantemente a tener conversaciones con esas chicas que eran las que tenían situaciones más complicadas y emocionales, que podían llevar a la depresión”, relató.

También dijo que las niñas eran jóvenes. “Yo era la mayor de todos ellos”, dijo. “Eran todos menores de edad, 11, 12, 13, 14, hasta 15”.

“Pensé que yo era la persona que más ha sufrido en la vida y que lo que he pasado le pasaría a muy pocos, pero no”, dijo. “De verdad, cuando fui allá y escuché la historia de esas niñas, dije: Dios mío, gracias Señor, porque lloré en serio con cada historia que escuché”.

La Casa Rosa María ofreció clases en lo que parecen ser carreras prácticas para madres jóvenes. “Prácticamente empezamos a estudiar porque venía gente a darnos clases particulares”, dijo. “Estábamos aprendiendo manicura, pedicura, maquillaje, masaje, peluquería”.

Que las niñas vean su estadía en la Casa Rosa María como una experiencia algo positiva no sorprende a Alejandra Rodríguez de ENFOQUE Niñez, una organización sin fines de lucro que ha trabajado con diferentes albergues desde 2005. Muchas de las niñas que terminan en el albergue y hogares como este simplemente agradecen tener comida y estar protegidos contra el abuso.

 “Una niña que antes vivía sometida a todo tipo de violencia, ya sea en su casa o donde sea que estuviera, y de repente está en un lugar donde recibe ciertas presiones pero al menos ya está protegida del abuso sexual, es un cambio significativo en su vida”, dijo Rodríguez. “Porque ella también tiene un plato de comida y la posibilidad de estudiar, sin tener que dar nada a cambio”.

Pero expresó su preocupación de que los encargados de albergues como la Casa Rosa María no consideren verdaderamente “la complejidad de la situación de una niña o adolescente embarazada”. Dijo que las directoras de estas instituciones hablan con “mucho orgullo de que a ellas [las niñas] se les enseña a ser madres, sin cuestionar si quieren o no serlo”.

“Era muy evidente esa pérdida de la condición de niña o adolescente, por el hecho de la responsabilidad de ser madre”, dijo.

Hay 35 albergues en Paraguay que acogen a niños, pero solo uno que se enfoca exclusivamente en niñas embarazadas, según un informe de ENFOQUE Niñez de 2020 titulado ¿Cómo protegemos? ¿Cuándo protegemos?. Rodríguez dijo que la calidad de estos albergues puede variar, y que en la mayoría “hay muy poco personal, con muy poca preparación”.

“En algunos albergues, por ejemplo, el uso de la medicalización. Es decir, el uso de medicación psiquiátrica o neurológica para controlar la conducta”, dijo. En mayo, un albergue para niños cerca de la frontera con Brasil y Argentina fue cerrado después de que las autoridades descubrieran que sus residentes supuestamente estaban siendo maltratados por mujeres que en su mayoría se hacían pasar por monjas.

“El mayor problema es que las máximas autoridades no están escuchando a los especialistas que abordan la situación de los niños, que son abusados ​​a diario en Paraguay”, dijo Rosalía Vega, directora ejecutiva de Amnistía Internacional Paraguay, en sus oficinas de Asunción.

El gobierno falló repetidamente en implementar una ley de 2018 que tenía como objetivo consolidar la atención integral para niños y adolescentes víctimas de abuso sexual. Los cambios habrían brindado a los sobrevivientes de abuso sexual de niños y adolescentes un único camino hacia la atención no religiosa sin tener que volver a traumatizarse repetidamente al tener que volver a contar constantemente sus historias a las autoridades. 

En cambio, Vega dijo que las autoridades están involucradas en “juegos perversos”. Los grupos evangélicos se han entrelazado con los políticos, dijo, y se hacen promesas políticas relacionadas con leyes contra el aborto y la educación sexual a líderes evangélicos populares a cambio del apoyo de sus congregaciones. “Te guste o no, estos sectores de la Iglesia son sectores de poder en nuestra sociedad”, dijo.

A poca distancia tanto de la oficina de Amnistía Internacional como de la Casa Rosa María en Asunción se encuentra una estatua de un feto en medio de una rotonda prominente. El monumento ha llegado a encarnar la forma en que el sentimiento antiaborto impregna la sociedad paraguaya.

Una mujer pasa junto a una estatua del feto provida ubicada en la rotonda entre la Avenida Mariscal López y Sacramento, en Asunción. Foto: Nathaniel Janowitz para VICE World News.

El artista detrás de la estatua, Diego Céspedes, fue contratado por un grupo antiaborto para construirla en julio de 2015, solo dos meses después del fallo internacionalmente condenado de un tribunal paraguayo que negó el aborto a una víctima de violación de 10 años embarazada. La niña pasó a ser conocida por el seudónimo de “Mainumby”, que significa colibrí en guaraní.

El caso se volvió particularmente polémico después de que arrestaron a la madre de Mainumby y la mantuvieron en prisión durante dos meses por presunta complicidad en el abuso, a pesar de que ella había denunciado sospechas sobre el padrastro a las autoridades más de seis meses antes del embarazo, y las autoridades no tomaron ninguna acción. Mainumby y su familia apelaron a los tribunales superiores de Paraguay bajo una rara excepción en la que se permite el aborto si la salud de la madre estaba en riesgo, pero finalmente los legisladores se lo negaron. Fue obligada a dar a luz en agosto de ese año.

Vega recordó cómo era “tabú” hacer campaña pública por el derecho a elegir de Mainumby, y quienes lo hicieron, “los defensores de los derechos sexuales, derechos sexuales y reproductivos, en ese momento recibimos amenazas de muerte”.

El veredicto de 2015 envalentonó a los activistas contra el aborto del país. La organización detrás de la estatua del feto, Generación Pro Vida, y otros grupos comenzaron un programa en todo el país para promover el concepto de comunidades “Pro Vida, Pro Familia”. Entre 2017 y 2019, 10 pueblos y ciudades de Paraguay se declararon formalmente «Pro Vida, Pro Familia», algunos albergaban estatuas de fetos idénticas a la de la capital.

Con las leyes contra el aborto firmemente arraigadas, el movimiento evangelista continúa protestando contra la educación sexual y de género integral para los niños. Los grupos religiosos a menudo realizan manifestaciones en todo el país con el objetivo de descarrilar cualquier tipo de agenda progresista. El año pasado, intentaron frenar el Plan Nacional de Transformación Educativa alegando que el proyecto contenía “ideología de género”. El Ministerio de Educación tiene una larga relación con el movimiento de la iglesia evangélica y denunció públicamente los intentos de llevar la educación sexual a las escuelas.

Algunas de las organizaciones evangélicas tienen conexiones directas con un ministerio cristiano estadounidense antiaborto con vínculos con el exvicepresidente Mike Pence y el exsecretario de Estado Mike Pompeo.

La educación sexual, que ya era deficiente, ahora es prácticamente inexistente, y los grupos evangélicos han “posicionado información errónea que permea a la sociedad”, dijo Vega. Gabriela cree que con una educación sexual adecuada su vida podría haber sido diferente, pero “yo creo que la Iglesia está súper en contra de eso”.

A medida que el gobierno sigue cediendo a los caprichos de la base religiosa y conservadora del país, están surgiendo más movimientos de base en todo el país para brindar otras opciones a la juventud paraguaya.

Somos Pytyvohara, por ejemplo, se enfoca en brindar educación sexual a niños y adolescentes. Sus miembros pasaron años dando clases gratuitas sobre educación sexual, pero después de la pandemia, abrieron una nueva línea telefónica donde las personas que llaman pueden recibir educación sexual y consejos de su personal de jóvenes voluntarios.

“Son jóvenes [hablando] con otros jóvenes”, dijo Alejandra Sosa, integrante de Somos Pytyvohara. “Creemos que la educación se debe dar de manera horizontal, desde personas que tengan más o menos las mismas edades. Es un espacio un poco más seguro para hablar sobre estos temas generalmente tabú”.

Señaló que también han recibido llamadas telefónicas de personas de países vecinos y brindan una opción no religiosa de información para que las niñas puedan “tomar decisiones más asertivas con respecto al embarazo adolescente”, dijo Sosa. Pero desde el año pasado vienen denunciando censura de sus charlas en hospitales y colegios. 

El 8 de marzo, Día Internacional de la Mujer, escribieron en un muro del centro de Asunción “Che rete, che mba’e”, que significa “Mi cuerpo es mío”, en guaraní.

Casi una década después de que Gabriela dejara la Casa Rosa María, expresó en reiteradas ocasiones que estaba contenta de haber tenido a su hijo, pero cree que las niñas en Paraguay deberían poder elegir por sí mismas si quieren ser madres y aprender a prevenirlo, si es posible, desde temprana edad. Está a punto de graduarse de la universidad con un título en una carrera, años más tarde de lo que esperaba cuando tenía 17 años.

“Es difícil pasar por un embarazo adolescente. Por mucho que digas que estás preparada para hacer muchas cosas, extrañás cosas, cosas buenas. Dejás de vivir para poder convertirte en mamá. Es muy difícil. Es mejor si uno puede prevenirlo”, dijo.

Gabriela esperaba que la próxima generación en Paraguay tuviera oportunidades diferentes a las de ella y cientos de otras niñas que han pasado por albergues religiosos como la Casa Rosa María. “No voy a juzgar a las personas que quieren [abortar] o no”, dijo Gabriela. “Es una decisión individual de cada uno. Por eso ahora, yo también decidí dejar un poco la iglesia, porque hay muchas cosas que no me gustan”.

Este artículo fue realizado en colaboración con Nathaniel Janowitz, de VICE News

*Los nombres de las víctimas fueron cambiados para proteger su identidad. 

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